—
¿Entonces te vas? Preguntó, de nuevo.
¿Entonces te vas? Preguntó, de nuevo.
—
Ya le dije que sí, esta noche salgo para allá.
Ya le dije que sí, esta noche salgo para allá.
—
Pensé que te ibas a quedar… Musitó, con una pena
en apariencia fingida—Habrá que darle a otro el puesto.
Pensé que te ibas a quedar… Musitó, con una pena
en apariencia fingida—Habrá que darle a otro el puesto.
Él no respondió. Continuó ubicando la
ropa doblada dentro del bolso. El anciano, sentado al borde de la cama, en el
otro extremo de la habitación, tocó los bolsillos de su saco: tenía dos sobres;
uno, con la carta de contratación dirigida al joven, el otro, con la paga
completa del año anterior, en billetes de a cincuenta pesos.
ropa doblada dentro del bolso. El anciano, sentado al borde de la cama, en el
otro extremo de la habitación, tocó los bolsillos de su saco: tenía dos sobres;
uno, con la carta de contratación dirigida al joven, el otro, con la paga
completa del año anterior, en billetes de a cincuenta pesos.
—
Ramón, le estoy agradecido por su ayuda, por el
puesto que me consiguió en la imprenta, por querer ascenderme, también… Pero
entienda usted, en la gran ciudad me quedan cuestiones pendientes.
Ramón, le estoy agradecido por su ayuda, por el
puesto que me consiguió en la imprenta, por querer ascenderme, también… Pero
entienda usted, en la gran ciudad me quedan cuestiones pendientes.
Su interlocutor no respondió. Miró a
través del cristal de la ventana, vio la noche caer, con cierta melancolía, y
al fin resolvió:
través del cristal de la ventana, vio la noche caer, con cierta melancolía, y
al fin resolvió:
—
Cuentas pendientes… ¿Qué cuentas pendientes? ¿El
estudio?
Cuentas pendientes… ¿Qué cuentas pendientes? ¿El
estudio?
El otro asintió, sin agregar más.
—
Entiendo, entiendo. Pues entonces, acá traigo tu
paga, te he hecho esperar bastante— Le tendió el sobre, con una sonrisa a
medias—. Es en cheque, espero que no tengas
problemas con eso.
Entiendo, entiendo. Pues entonces, acá traigo tu
paga, te he hecho esperar bastante— Le tendió el sobre, con una sonrisa a
medias—. Es en cheque, espero que no tengas
problemas con eso.
—
No va a haberlos, estoy seguro. Ahora tengo que
irme, el tren sale a las ocho—. Anunció, a la vez que tomaba su maleta y un par
de cajas.
No va a haberlos, estoy seguro. Ahora tengo que
irme, el tren sale a las ocho—. Anunció, a la vez que tomaba su maleta y un par
de cajas.
—
¿Cuándo volvés?
¿Cuándo volvés?
—
Supongo que en dos, tres meses… Por el momento
tengo que pagar el ingreso al instituto, con esto que me dio, y conseguirme una
casita también. No puedo esperar mucho, después de mañana ya no habrá tiempo
para inscribirme.
Supongo que en dos, tres meses… Por el momento
tengo que pagar el ingreso al instituto, con esto que me dio, y conseguirme una
casita también. No puedo esperar mucho, después de mañana ya no habrá tiempo
para inscribirme.
—
¡Entonces vaya, querido! No sea cosa que pierda
su lugar.
¡Entonces vaya, querido! No sea cosa que pierda
su lugar.
Habían llegado a la puerta de la morada.
Se despidieron, con un abrazo, y el joven corrió hacia la estación.
Se despidieron, con un abrazo, y el joven corrió hacia la estación.
El viejo, sin inmutarse, vio al muchacho
alejarse, hasta que su figura se perdió entre las casitas y el cielo
estrellado. Hacía frío, estaba helando. Entonces, para resguardarse, metió las
manos en sus bolsillos; en ese instante, tocó el sobre que había conservado
consigo: sintió entre sus dedos la textura de los billetes de cincuenta que
nunca fueron entregados.
alejarse, hasta que su figura se perdió entre las casitas y el cielo
estrellado. Hacía frío, estaba helando. Entonces, para resguardarse, metió las
manos en sus bolsillos; en ese instante, tocó el sobre que había conservado
consigo: sintió entre sus dedos la textura de los billetes de cincuenta que
nunca fueron entregados.
Categoría: Microrrelatos