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Desmonte
Desmonte
1
Lo
descubrí una noche
después
de buscar agua de lluvia.
Los
árboles enloquecidos
se
inclinaban
en
reverencia,
mientras
la luna alumbraba
el
centro del matorral.
Al
principio
ni
pude
ni
quise ver,
después
lo entendí:
debajo,
justo
encima de las raíces,
en
el centro mismo del monte
latía
un
corazón.
2
Los
teros cantan
una
advertencia.
Protegen
a sus nidos del hombre
pero
sin saberlo,
nos
cuidan también
de
lo inesperado.
Cuando
alguien atraviesa el monte,
pienso
en mi padre
y en
su ternura hacia todo
lo
que la tierra
da a
luz en silencio:
él
irrumpe
en
las soledades permanentes
y
les dibuja un rostro humano
para
que puedan
ser
comprendidas por otros.
3
Han
derribado el monte.
De
luces y muros
está hecho el paisaje.
Vivimos
a un metro del pasado
y a dos
de lo que vendrá mañana:
siempre
fuimos atemporales.
Muy
cerca
el impacto del filo sobre el leño
resuena en la noche
entre
ladridos
y el
canto
de
las últimas aves.
Mi padre carga
un
puñado de leña
y se
detiene por un instante;
los dos miramos lo mismo,
en un diálogo mudo
de
esos que sostienen
los grandes amigos:
allá
lejos
las luces
seguirán estallando,
mientras
acá
las
luciérnagas
nos
alumbran todavía.
Desde
lejos
el asfalto
amenaza con cubrirnos:
que
venga,
las raíces
pueden
más que el cemento.
4
Madre,
esta
casa
es
una guarida
que
se alimenta de mí.
Me
consumen
las
paredes húmedas
y
las puertas se cierran
con
doble llave.
Una
ilusión
crece
y crece,
me
devoro de tanto inventarme
en
sitios imaginarios.
Madre,
los
árboles
callaron
hace tiempo,
pero
sus raíces todavía respiran
mientras
las ramas
huyen
hacia el cielo.
Acá
antes
había
una arboleda
y
hoy
sin
medida
el
sol se entrega
a
nuestro techo oxidado.
Son
tantas,
como
nosotras son tantas
las
bestias que buscan algo de alimento.
El
instinto arde
antes
que la razón:
madre,
de
mi deseo
protégenos
hoy
y siempre.
5
En
el campo bastaba
con
una garúa
para
que las luces
se
apagaran.
Las
noches de lluvia
eran
un baile de siluetas.
Madre
renegaba
por
las letanías
de
lo incivilizado.
Padre
miraba
primero
a la siembra,
después
al cielo
y
en silencio agradecía
a
un dios
que
siempre supo escucharlo.
Yo
era una guarida
donde
todas las luciérnagas del mundo
querían
posarse.
Hoy
han pasado
tantos
años;
mi
hogar es un edificio
en
medio del cemento.
La
lluvia besa
las
calles que camino:
pero
en la ciudad
la
lluvia y el cemento
no
se funden,
nadie
agradece,
todos
se quejan
y
yo soy ahora
una
guarida
sin
luciérnagas:
qué
extraña fortuna
saberme
lejos
de
la noche inmensa.
Antes
me entregaba al temblor:
hoy
la sombra
tan
sólo es
la
cara más joven
que
tiene el miedo.
El tiempo de cada día: sobre el poemario “El reino de las agujas” de Úrsula Alonso
Por María Malusardi
“Amo de mi existencia las horas tenebrosas / en que se profundizan mis sentidos; / en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, / lejana y superada, como vieja leyenda.” Estos versos de Rainer María Rilke, aquel gran autor de lengua alemana que abrió el siglo XX con semejante filo poético y filosófico, abrazan el libro en cuya lectura me detengo: el Reino de las agujas de Úrsula Alonso.
Me gustan especialmente los epígrafes. Funcionan como un ama de llaves: nos abren la puerta del libro, nos lanzan un guiño, sutil, y nos invitan a entrar. Quienes escribimos, dialogamos permanentemente con otros textos, con otros autores. Y cuando leemos, sucede lo mismo. Es parte del juego que propone la literatura.
Entiendo como un gesto de sobriedad por parte de Úrsula Alonso no haber invitado a un autor o autora a su libro. Me tomo pues el atrevimiento de hacerlo yo. Y les recuerdo los versos de Rilke: “Amo de mi existencia las horas tenebrosas/en que se profundizan mis sentidos; /en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, /lejana y superada, como vieja leyenda.”
El reino de las agujas se detiene en tres partes: Cada día, Relojes detenidos y Paisaje habitual.
Minuciosa y lentamente transcurren en los poemas las horas de la vida –de una vida-. Hay zonas de detención –cuando el tiempo se detiene cuando el tiempo nos detiene-. Y hay zonas de lo habitual, lo que vemos cada día consagrado al detalle: todos los días lo mismo que nunca es lo mismo. Yaquí se planta Heráclito. El tiempo y el transcurrir de lo mismo que nunca es lo mismo. El mismo río, distinta agua cada vez:
“Sabemos que mañana
regresarán a la tierra,
serán semilla,
y de nuevo un árbol.
Sabemos que el ciclo
se repite cada tanto
pero vivimos
como si no lo supiéramos.”
El tiempo es el nervio de este libro. Las agujas del reloj organizan y materializan aquello que desde la antigüedad ha inquietado al Hombre. El tiempo. Y qué es el tiempo. Si me preguntan, no sé, decía San Agustín. La respuesta está donde la pregunta sobra. En ese lapso, en aquel intersticio que nos deja el filósofo, Alonso, apoyada en su propio mundo –un mundo cotidiano y sencillo del siglo XXI- abre una inquisición:
“Con la distancia desoída
hay un reloj que ya no ordena hay un adiós
que se suicida antes de arder.”
Este poema, el último del libro, es una aporía: es lo imposible del tiempo que se rompe en el objeto que lo marca, es lo imposible de la despedida que nunca llega a producirse. El tiempo desaparece de sí y desespera.
La poesía jamás define: debilita el axioma o lo combate. La poesía subvierte, hiere y se asume en la paradoja. Jamás dice lo que debe ser. La poesía nos libera de esas exigencias que la vida concreta, e incluso la filosofía, exigen. La poesía, esa gran desviación, como dice Meschonnic.
Alonso, a través de sus versos, nos sugiere: no piensen ni en el tiempo ni en el espacio. Sólo dejen que el lenguaje trabaje sobre los sentidos y desacomode. Dejen que el lenguaje arrebate sus principios y cambie las cosas de lugar de acuerdo a su lógica rebelde. Este libro aborda la cuestión del tiempo y por lo bajo, reptando en un fondo enlodado y secreto, se defiende la escritura como posibilidad, como destino.
El tiempo está, y es, en todos lados. El tiempo está, y es, en todas las cosas. En todos los cuerpos y las costumbres. El tiempo es una red de aire. El tiempo de la espera. El tiempo de la naturaleza. El tiempo en el cosmos. El tiempo en el poema.
Aquí me detengo. Un poema, acaso, dura unos cuantos segundos, unos pocos minutos. Su sentido, que es inmediato y evanescente, dura menos, dura nada.¿Acaso existe? Apenas toca algo dentro y huye. Como la música. Sin embargo, aparece otra cara del tiempo del poema. Su extensión es sonora, ampliamente sensorial. Su sentido es secreto. No hay razón que ampare el tiempo del poema, que se prolonga hacia dentro y desarregla nuestras ínfulas.
Úrsula Alonso propone una síntesis entre lo cotidiano y el tiempo de la contemplación que agoniza en el detalle:
“La última hoja
se desprende del árbol
y cae: quietud.”
El tiempo es también la época. Y este poemario, hijo de su época, se hace eco y derrama el desánimo de un tiempo sin ocio y sin memoria, un tiempo atravesado por la urgencia de la utilidad y del trabajo que aliena:
“Toda la vida
nos enseñan
que el ocio es
algo malo.
El trabajo
nos vuelve más valiosos
-dicen- ,
y yo me pregunto
para quién seremos
más valiosos.
Es irónico
ya que
sólo en los momentos de ocio
comprendemos
qué nos hace
realmente felices.”
¿Poemas metafísicos surgidos de lo cotidiano? Metafísica en el sentido en que la plantea Alberto Caeiro, uno de los heterónimos de Pessoa: Hay suficiente metafísica en no pensar en nada, dice Caeiro. El poema no piensa, impone una voz –un tono- y ofrece una experiencia única:
“La terminal
se enciende
con las horas
deprimidas
del ocaso.
Mirar el suelo,
la ventanilla,
las luces encendidas,
el colectivo que se va.
Mirar mi mano
en vaivén de despedida
y mirar tu cara
desdibujada.
Mirar el mes
que reinicia
su ciclo habitual
de trabajo
y mochilas repletas.
Con las manos
marchitas
vuelvo a casa
-no quería que te fueras-.
Con las manos
marchitas
pienso que
las terminales
son verdades
aceptadas
a la fuerza.”
Estos poemas logran retomar el devenir, rescatándonos de lo “inerte y lo gris” en palabra de Cioran. Este libro nos invita a detenernos durante “la caída del tiempo” y así observar nuestros detalles, no para (vanidosamente) regodearnos, sino para retardar nuestra caída.

María Malusardi nació el 12 de abril de 1966 en Buenos Aires, ciudad en la que reside. Desde 1989 ejerce el periodismo. Actualmente escribe en la revista Caras y Caretas. Además de impartir talleres de Lectura y Escritura, dicta la materia Taller de Entrevista en TEA (Taller Escuela Agencia). Su poemario “el sastre”obtuvo la Mención Especial del Premio de Literatura Casa de las Américas 2015, de Cuba, y otro, “trilogía de la tristeza”—traducido al francés y editado en 2013 como“trilogie de la tristesse”(Zinnia Editions, Lyon, Francia), en formatos papel y electrónico—, resultó finalista del Concurso Olga Orozco 2009. Obtuvo la Beca de creación en el área Letras del Fondo Nacional de las Artes (2018), para realización del ensayo Asamblea permanente. Diálogos para una hermenéutica. Es la responsable de la selección, edición y el ensayo preliminar del volumen“Obra poética”de Raúl Gustavo Aguirre (Ediciones del Dock, 2015). Poemarios publicados:“El accidente” (Editorial Mascaró, 2001),“la carta de vermeer”(Editorial Alción, 2002),“variaciones en la niebla” (Editorial Alción, 2005),“diálogo de pescadores” (Editorial Alción, 2007),“museo de postales” (Ed. El Suri Porfiado, 2008),“trilogía de la tristeza” (Ed. Alción, 2009),“el orfanato” (Ed. Alción, 2010),“la música” (Ed. El suri porfiado, 2013),“artista del trapecio” (Ed. Alción, 2014),“el sastre” (Ediciones en Danza, 2015), “el desvío y el daño” (Buenos Aires Poetry, 1017), “el descenso de jacqueline du pré y otros poemas” (Ediciones en Danza, 2018) y “artista del hambre” (Ediciones en Danza, 2019.

